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Cansados y hartos de la Guerra del Peloponeso, los dioses griegos deciden abandonar la Hélade y probar suerte en Brasil. Ahí descubren una tierra rica e interminable, la cual tiene sus propios dioses. Aprovechando esa abundancia y vitalidad, el dios Dioniso decide utilizar el mundial de futbol de 1950, con sede en Brasil, para emplear sus poderes divinos y llevar a la final al país anfitrión y celebrarcon la victoria la dionisíaca más grande jamás vista hasta ese momento.

Sin embargo, Afrodita y Artemisa, indignadas por la violación que hace Dioniso del Kanun griego, se coluden para urdir el plan que arruinará las intenciones de que la selección brasileña se alce con la victoria final, y de esta manera estropear la dionisíaca esperada.

Víctima del destino y de las venganzas divinas, Moacir Barbosa, primer portero negro de la selección brasileña, sufrirá la denostación pública por haber permitido el gol por el que pierde Brasil y cargará hasta el último día de su vida el estigma de ser culpable de la tragedia deportiva más grande de la historia en un país que no perdona ese error, pero que no tiene problemas en recibir a varios prófugos nazis, criminales de guerra.